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Ignorancia y orgullo


Mientras más aprendo
más dimensiono mi ignorancia
esa de ignorar lo que ignoramos,
esa que arrastramos durante toda esta estadía
con su densidad propia y específica.


Mientras más me sostengo
en la osadía de saber y comprender después del error,
más persiste la humildad
en decirme con sus labios invisibles,
que estamos muy distanciados
y que lamenta el tiempo que perdimos sin abrazarnos.


Y es que ese orgullo profano
que nos caracteriza como especie
se hace igual de torpe que la ignorancia,
igual de asturo para parasitar a su anfitrión
sin que este lo note.


El orgullo es el escudo protector de la ignorancia
que se dispara de mano con la ira
cuando quedamos desnudos ante la sabiduría.


Qué manera de engordarlos como heliogábalos,
qué manera de idolatrarlos
y hacerlos parte del carácter que define nuestras debilidades.


Para ascender en equilibrio
por las trépidas pistas
que la vida impone
debemos deshacernos de lo denso
que se adhiere y acompaña esta materia,
lo denso que al ser imperceptible
se va nutriendo si persistimos en la oscuridad y vanidad.


El hombre se burla y ríe
cuando no es capaz de enfrentar sus propios erorres
como si aquello fuera un acto de catarsis de la culpa que eleva sus índices.


Ojo con la mafia que llevamos dentro
que se autoprotege como la iglesia y los gobiernos.

Ojo con los pensamientos que intentan justificar nuestra conducta
porque de ellos será el reino de la oscuridad.


Ojo con preocuparse por el colesterol
cuando lo que nos mata
se llama orgullo y no aparece en los exámenes preventivos.


Leonidas Zanni

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