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El hambre



Son más de dieciocho mil almas que cada día abandonan sus sueños en el más completo desamparo. Dieciocho mil lamentos que sucumben ante un trozo de pan. La angustia de su miseria es todo lo que tienen para recordar en esta vida al exhalar su último aliento. Hundidas pupilas claman que los ángeles alivien por fin sus póstumas aflicciones. Miles de almas perdidas entre huesos y piel pretenden que otros les tiendan un plato de comida, un trozo de pan, que alivie por fin su desdicha.
Una de las situaciones más ilógicas del mundo es que mientras unos mueren de empacho bañándose en su dinero otros mueren de hambre ahogándose en su miseria.
Qué otro infierno puede haber más que este tangible, de carne y hueso, de finanzas y guerras, de hambrunas pestes y crímenes, de sed de poder, imperialismo y genocidios.
El hambre que arrasa las calles y pueblos completos es un flagelo creado por nosotros. Cuando inventamos las monedas lo hicimos para discriminar aquellos que tienen poder de los sometidos. Cuando la avaricia germinó en nuestro corazón hicimos un altar al oro y luego dividimos este mundo en los devotos que tienen y quieren más y en los que son engañados creyendo que el dinero es un Dios.
Los niños que día a día mueren por causa del hambre son hijos de la indiferencia que cultivamos, del desequilibrio económico que nos martiriza y de la desventura de la que huimos constantemente.  El  fantasma  del  hambre  en
ellos es el monstruo de la codicia y frialdad en nosotros.
Acumulamos riquezas sin que por ello la vida nos recompense al final. Lo que es de oro o barro tiene la misma suerte una vez terminado su ciclo: las fauces del tiempo se los devora. Los que se visten de corona o sombrero, van a parar al mismo cajón una vez concluido el acto.
Lo que nos empobrece no es la escasez de dinero, es la falta de bondad y empatía, eso no se consigue ni con todos los recursos de una nación.
La nobleza que logremos alcanzar es la riqueza que trasciende a nuestra propia muerte, es la generosidad la que nos viste cuando volvemos a nacer en otra existencia.
¿ Andarías por las calles con un vehículo de 30 millones si con ello dieras una mediagua a cuarenta familias que duermen todas las frías noches bajo un puente con niños y ancianos ?  ¿ Venderías ese auto para evitar que cien niños murieran de hambre en un día ? Ahora,   ¿ Venderías ese auto si con el dinero pudieras salvar a tu hijo de una enfermedad ? O sea para una persona sí lo harías, pero para cien lo piensas  ¿ cómo se llama eso, humanidad ?
¿ Venderías tu codicia a cambio de la redención de tu alma ? ¿ Venderías un traje que cuesta 3 millones de pesos o el báculo de oro que llevas en tu mano para promulgar la humildad, a cambio de ese día salvar la vida de cien niños ?

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