No
sentencies ni condenes lo que desconoces, todo sucede porque tiene que ser, el
movimiento es un reflejo de la energía, la energía un residuo memorial que
proyecta su propia cadena de comportamiento. Las doctrinas fueron diseñadas por
nosotros pero el congénito aliento trae sus propias respuestas. No comprendemos
algo hasta que lo vivimos. La sabiduría se aisla del pensamiento y actitud, la
necedad se mimetiza con lo burdo. Una palabra es un filo para diseñar o
cercenar, un cincel imperceptible que se oculta en una sentencia. Lo profano
nos conduce a convicciones severas. Lo
determinante no es la palabra sino la actitud. El trasfondo de una actitud es
la acción de la cualidad. La ironía no es la risa ni la burla, es la ineptitud.
Nada nos hiere tan sutilmente como la ofensa y la ironía, látigos
inconscientes. Lo que condenas es lo que empobrece tu condición. La falta de
perspectiva es un agente que doblega la razón. Lo rígido nos esclaviza de
concepto y perfección. Toda percepción sin conciencia es una seducción básica.
La
doctrina prolifera en miles de ideas adecuadas y se hace severa cuando se la
deifica. La divinidad no está inmersa en un dogma, el dogma es un preconcepto
sin verdad absoluta que conviene a quien la promulga. La sabiduría no es
postural ni conductual, por eso la condena es de quien tiene ojos sólo para ser
ciego. El argumento determinante es un filo que la palabra deja caer. No hay
peor argumento que el que se repite como una oración y se promueve como un
amuleto.
La
falta de visión es un licor conveniente que enceguece al que busca la virtud de
la sabiduría. Hay muchos muertos que pululan con ojos abiertos y labios
sellados por el afán de ocultar lo que ellos mismos podrían comprobar. Lo
condenable no es quien quiere disfrazar sino quien asume el dogma y lo promueve
como una panacea. La indiferencia e ignorancia son tan rígidas como la
convicción categórica de una doctrina. No hay figuras en la mente cuando
nacimos, hay inquietudes sin conceptos. La convicción nos vuelve devotos de la
inconsistencia. La postura inflexible de la forma es adorar a la forma por sobre
su espíritu. Lo maculado es el yeso profano que se adhiere en la mente y la
modela al antojo de reglamentos posturales creados por el hombre. Condenamos lo
que se escapa de la forma por eso matamos lo que no nos conviene derrochando la
oportunidad de validarnos. Son los dogmas los que sepultan la luz, son las
formas de yeso las que deforman la verdadera esencia de Dios. Son las rígidas
posturas y repetidos rezos las que nos manipulan la mente en forma estricta.
Los ciegos siempre querrán que sus discípulos no empleen sus ojos ni su sentido
común para revalidar la doctrina que han adoptado.
Si todos abriéramos la mente a lo nuevo, si todos
sintiéramos la presencia de Dios dentro de cada uno a través de la meditación,
sin conceptos que nos desvíen, comprenderíamos que lo esencial de la fe no es
repetir conductas sino remecer la conciencia para que nos guíe durante este
ciclo tridimensional.

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